Luces.

“Luces.”
Es en lo primero que pienso al despertarme en mi cama. Pienso en luces de colores claros que tintinean tímidamente en la oscura noche que se vislumbra por el marco de mi ventana. No hay coches, no hay ruido, no hay gente, no hay nada. Sólo estoy yo, con la piel de gallina y los dientes doloridos de castañear. Estamos el frío y yo. Estamos el invierno y mi piel. Solos. Ambos.
Vaho es lo único que sale de mi boca. El silencio es el mejor compañero en algunas situaciones y, casi siempre, lo mejor que puedes decir o, mejor expresado, no decir. Me da igual admitir que soy una de las personas que piensan que el silencio no debe romperse a no ser que se tenga algo importante que decir. Soy así: tímida, callada, atenta.
Tiemblo constantemente y ya no sé si es por el frío que se cuela por mis paredes o por… No importa. Es algo que ocurrió. Está en el pasado, lejos, y es tarde para ponerme a recordar lo que hice, no hice, debí de hacer o pude haber hecho. Son casi las doce de la noche. Un nuevo día espera ser recibido con una sonrisa y no puedo decepcionarle. Mi madre siempre decía: “El lado positivo siempre está ahí aunque a veces tengas que sacarlo del subsuelo”. Y, sinceramente, tiene razón ¿Por qué no? No todo es malo. Siempre hay algo que aclara esa noche sin luna.
¿Noche sin luna?
De nuevo, pienso en luces.

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