La última alma humana.

“La última alma humana recibirá el último rayo de sol”. Así es como está escrito y así es como sucederá. No importa quién intente cambiar el pasado para reescribir el futuro, el Destino es una fuerza implacable que arrastra a todos según sus más intrincados designios. Todo ocurre por alguna razón, nada es producto del Azar. Somos hijos del pensamiento y el último hombre que vea el último resquicio de luz del mundo será alguien capaz de volver a mostrarnos esa esperanza de ver el día que nosotros mismos nos hemos robado.

El rayo de luz que escapa.

He llegado a mi límite. Las cosas se ven imponentes desde mi posición  y no me veo capaz, siquiera, de rozarlas con la yema de los dedos. No paro de temblar y sé que no es de frío. Esa sensación que recorre la piel provocando un escalofrío que estremece el cuerpo de arriba abajo  ya no me afecta. He logrado escapar de él ¿por suerte? No estoy muy segura.
Si tiemblo es por las cosas que se avecinan, por todo aquello que está por ocurrir y no estoy segura de poder controlar o, al menos, guiar de tal forma que siga un rumbo que me sea favorable.
Me encuentro perdida en un cielo repleto de nubes grises y opulentas dónde el Sol está escondido y dónde los rayos de luz que logran escapar al férreo control del opaco muro nuboso son escasos.
Supongo que será un mal día. Todos los tenemos y la mayoría logramos salir de ellos tarde o temprano. La cuestión es preguntarse y, sobre todo, responderse: ¿Cuál es el lado positivo?

Divagar es la mejor forma.

Es difícil definir lo que nunca se ha dicho, lo que nunca se dirá. Es difícil asentir cuando quieres negar. Es difícil callar cuando lo que más deseas es alzar la voz y gritarle a todos que es lo que verdaderamente piensas. En un mundo dónde cada paso lo calcula una máquina invisible instaurada en cada par de ojos que te observan, es difícil pensar con claridad cuál será tu siguiente destino o, incluso, cuál es el de ahora. Estoy cansada. Cansada del mundo, cansada de las personas, cansada de los suspiros, cansada…

Siempre he dicho que respirar es lo mejor que se puede hacer ante situaciones difíciles pero hay algunas, y aquí hago la excepción (no siendo esta “la que confirma la regla”, como muchos me alentarían a decir), dónde respirar no sirve. Tienes que gritar, reír, llorar, saltar, amar…

Amar. Qué bonita queda esa palabra en sus labios. Abre y cierra la boca, terminando el sonido con una suave reverberación con la lengua que hipnotiza los sentidos. Sé que no debería pensar en él de esa manera. Él está prohibido pero (y en esto si me uno a las masas) los amores prohibidos son los mejores por la intensidad de cada latido que el pobre corazón se ve obligado a dar y los peores por el dolor que causan esos mismos latidos en un cuerpo que está cansado de añorar.

Sé que divago. Me doy perfecta cuenta de que no sigo el hilo de lo que escribo, pero, y ahí va un secretito, no me guío por lo que debiera. Me guío por lo que siento, por lo que pienso. Escribo cuando quiero y pienso que es la mejor manera de comunicar. En un mundo dónde cada paso lo calcula una máquina invisible instaurada en cada par de ojos que te observan, es difícil sentir porque quieres y no porque debes.

En un mundo dónde…
Perdón, creo que me estoy repitiendo.

Luces.

“Luces.”
Es en lo primero que pienso al despertarme en mi cama. Pienso en luces de colores claros que tintinean tímidamente en la oscura noche que se vislumbra por el marco de mi ventana. No hay coches, no hay ruido, no hay gente, no hay nada. Sólo estoy yo, con la piel de gallina y los dientes doloridos de castañear. Estamos el frío y yo. Estamos el invierno y mi piel. Solos. Ambos.
Vaho es lo único que sale de mi boca. El silencio es el mejor compañero en algunas situaciones y, casi siempre, lo mejor que puedes decir o, mejor expresado, no decir. Me da igual admitir que soy una de las personas que piensan que el silencio no debe romperse a no ser que se tenga algo importante que decir. Soy así: tímida, callada, atenta.
Tiemblo constantemente y ya no sé si es por el frío que se cuela por mis paredes o por… No importa. Es algo que ocurrió. Está en el pasado, lejos, y es tarde para ponerme a recordar lo que hice, no hice, debí de hacer o pude haber hecho. Son casi las doce de la noche. Un nuevo día espera ser recibido con una sonrisa y no puedo decepcionarle. Mi madre siempre decía: “El lado positivo siempre está ahí aunque a veces tengas que sacarlo del subsuelo”. Y, sinceramente, tiene razón ¿Por qué no? No todo es malo. Siempre hay algo que aclara esa noche sin luna.
¿Noche sin luna?
De nuevo, pienso en luces.

Lisa Simpson.

Pienso que nada tiene objeto, todo seguiría igual si yo no hubiera nacido, ¿Como podemos dormir habiendo tanto sufrimiento en el mundo?

Conozco.

Conozco un lugar en el que todo está bien.
Conozco un lugar dónde todo te hace sonreír.
Conozco un lugar en el que gritar.
Conozco un lugar lleno de luz.
Sé dónde está pero no puedo llegar hasta él. Se me escapa entre los dedos cuando intento alcanzarlo. Se desvanece. Gira. Se esconde. Corre. Se aleja, mofándose de mis deseos de pisar esa hierba suave que lo cubre todo.
Quiero llegar pero las cadenas que me atan a esta acera que piso no me dejan. Me aprisionan en un lugar dónde las cosas son grises y dónde la tristeza acecha en cada esquina, esperando a que pases junto a ella para atraparte en sus dolorosas garras. Aquí intento respirar pero me ahogo en un vaso de agua.
Me estiro y me estiro. Me pongo de puntillas y alargo el brazo.
Veo el reflejo de la luz. Lo sigo ¿Llegaré esta vez? No lo sé, pero al menos quiero intentarlo. Quiero pisar ese jardín de esperanza que otras veces tan sólo he llegado a vislumbrar.
Trago saliva, me meto las manos en los bolsillos y camino.


¿Sentimientos o su ideas?

Es lo más importante. Eso es lo que dice él. Las ideas que perduran, ya sean buenas o malas. Ideas de amistad, de amor, de celos o de ira. Él pone por encima de todo las ideas que se mantienen constantes en nuestra mente. Valora positivamente, por ejemplo, una relación amorosa y negativamente, siguiendo con el ejemplo, el odio que las personas pueden sentir por otras. Pero no le da la importancia que otros insisten en otorgarle a esas acciones más o menos duraderas. Y es precisamente por eso, porque son pasajeras. Van y vienen y como prueba me dijo una frase que todos conocemos y que a nadie le ha pasado desapercibida nunca: “Del amor al odio hay un paso”.
De acuerdo con él, las ideas que representan esas acciones son las que nos deben preocupar ya que esas, una vez han traspasado las barreras de la cordura y se han implantado en nuestra cabeza y corazón ya es imposible expulsarlas. No importa cuánto ni cómo lo intentes, no importa que luches contra ellas, que te resistas a su control. De nada servirá. Finalmente, sucumbirás de nuevo a su influjo y cometerás los mismos errores y parecidos aciertos.
Repito: es su opinión.
Para mí, el pasado y el futuro son términos relativos que, en realidad, no existen. Tan sólo el presente, que es el que estamos viviendo ahora, es decir, ya, es el que realmente tiene sentido. Por ese mismo motivo, llego a la conclusión de que lo que sentimos en el presente, ya sea bueno o malo y contradiciendo lo que él piensa, es lo que de verdad importa porque esos sentimientos son los que condicionan nuestro comportamiento actual, hacia nosotros mismos y hacia los demás. Nos marcan un camino que seguir, nos dan un propósito. Mientras que la simple idea del amor, de los celos, del odio o la amistad no basta para definirnos, no basta para hacernos las personas que somos o que, probablemente, seremos.

Ángel Caído.

"Aire. Necesito aire."
He perdido la noción del tiempo. No sé quién me ha hecho esto ni por qué. Sólo sé que el viento azota de manera furiosa mi maltrecho cuerpo desalado que se niega a burlarse de las leyes de la gravedad. Es irónico pero voy tan rápido que no me da tiempo a aspirar ni una sola brizna de todo ese viento del que os hablo. Me estoy ahogando pero no pierdo la consciencia. Es más, me doy perfecta cuenta de los dos profundos desgarrones que hay en mi espalda, allí donde antes se alzaban dos majestuosas alas plumadas que mostraban mi condición de ángel. Me han arrancado las alas y no había razón de ello.
"Voy a morir."
Pero no es cierto. Aunque me hayan despojado de mi orgullo, sigo teniendo la inmortalidad de un ángel y la simple falta de aire no acabará conmigo por mucho que yo lo desee. Lo más triste es que ahora pertenezco a esa otra raza.
Oí hablar de ella hace tiempo. Son como nosotros en aspecto pero no poseen alas, su carácter es malvado y su única preocupación es mezclarse entre la gente del mundo que tenemos bajo nuestros pies, la Tierra, para corromper su buena conducta. Bueno, supongo que la expresión "bajo nuestros pies" ya no puedo aplicarla yo, ya que estoy cayendo directamente a ese mundo de mortales indefensos.
Lo cierto es que yo, que ahora también soy un ángel caído (por muy injustificada que sea la causa por la que me han arrancado la alas), no me siento malvada. No me siento diferente. Me siento yo misma pero con la incapacidad de volar.
"Tengo miedo."
Estoy aterrorizada ¿Y si lo que nos cuentan a todos de pequeños en realidad es mentira? ¿Y si existen Caídos buenos y Caídos malos? O pero aún ¿Y si son los mortales de la Tierra los que corrompen a los ángeles que caen del cielo por causas tan remotas como la mía?
No lo sé. No sé nada. No sé qué ha pasado allá arriba para que me destierren y no sé que me espera allá abajo. Solamente sé que caigo sin remedio. Caigo a través de nubes y cielos de distintos colores. Llevo cayendo días y noches. Caigo velozmente y el suelo cada vez está más cerca.


Jack Sparrow.

                               
Gibbs: Y abra lo que abra esa llave, dentro tiene que haber algo valioso, de modo que nos dispondremos a averiguar qué es lo que abre.
Jack: ¡No! Sin esa llave, no podemos abrir lo que sea que no tenemos que abre la llave, de modo que, ¿de qué serviría encontrar lo que sea que hay que abrir, y que no tenemos, sin encontrar primero la llave que lo abre?
Gibbs: Entonces, ¡debemos buscar la llave!
Jack: Eso no tiene sentido. ¿Alguna otra pregunta?

Si no te convence: plan B.

Había pensado mucho sobre el tema y, realmente, me convencía bastante el argumento que hacía de base a la conversación. Era atrayente, educado, sencillo en su núcleo, ligeramente morboso y algo soberbio. Era la combinación perfecta para que cualquier persona se fijase. Cualquier persona inteligente y algo retorcida, claro, ya que las personas inteligentes pero inocentes (al igual que las personas mediocres pero retorcidas) jamás podrían detectar el trasfondo de la frase "Si no te convence: plan B" que fueron las primeras palabras que desembocaron en aquel gran debate que llevaba llevándose a cabo desde hacía tres días en el aula de filosofía bajo la atenta mirada de la pizarra y los pupitres que en esas ocasiones tomaban la función de las abandonadas sillas.

Aquel día me tocaba decantarme por uno de los dos bandos de debatían: los inteligentes-inocentes y los mediocres-retorcidos (que hacían un solo bando) y el de los inteligentes-retorcidos.
La mezcla del primer grupo podría suponer que ellos debían de llegar a la misma conclusión que los del segundo grupo pero si has pensado eso te has equivocado por completo.

El grupo A (llamaremos así a la mezcolanza de personas) veía que la frase que había dado paso al debate tan sólo quería decir amplia y llanamente lo que todos entendemos a primera vista, es decir, que si no te CONVENCE lo que va a pasar cambia de PLAN.
Los mediocres (que son los retorcidos) llevan a cabo un proceso de pensamiento enrevesado y, a menudo, absurdo que les hace llegar a la conclusión de que la frase dice realmente lo que afirma porque intentan hacernos creer lo contrario (absurdo y bastante peliculero ¿no?), mientras que los inteligentes (que son los inocentes) afirman que la frase es lo que es porque si quisieran decir otra cosa, otra cosa se habría dicho.
Es decir, dos tipos de persona, una misma conclusión.

El grupo B, por el contrario, había cogido esa frase, la había observado y la había retorcido y había llegado a la conclusión de que lo que realmente dice es: Si no te CONVENCE lo que todos hacen, directamente escoge un PLAN B que no te corte las alas. Y eso es lo que los Bee’s (un apodo que comenzaré a difundir) quieren hacer ver a los Aa’s. Que el mundo no es una espiral continua que tiene que comenzar por A y terminar en Z sino que si quieres puedes comenzar en R y finalizar por H pasando antes por 25,32 unidades cúbicas.
Es decir, haz lo que quieras, como quieras y cuando quieras dicho en términos más sencillos.

Aquel día me uniría a la reunión por segunda vez (aunque ya sería el cuarto día de debate) y me inclinaría por un bando, respondiendo así a la pregunta que se había murmurado la primera vez que entré en la sala: ¿Por quién tomará parte?

Yo decido.

¿Blanco o negro? ¿Trasparente u opaco? ¿Día o noche? 
Son las eternas preguntas que las personas te plantean a diario poniéndote siempre, para complicar así tu elección, entre la espada y la pared. Te hacen elegir uno u otro juzgándote a partir de entonces por tu desafortunada y poco meditada elección. Y te preguntarás ¿y si no quieres responder? Para ellos si no respondes te desvías o, directamente, eres de opinión contraria a la suya y consideran que no tienes el suficiente valor como para admitirlo.
Pues yo, damas y caballeros, he decidido desviarme del camino marcado. He decidido ser la que no contesta como ellos quieren que lo haga sino como yo quiero contestar. He decidido que elijo gris. He decidido que escojo la translucidez. He decidido que me gusta el atardecer. Y he decidido que seré como me dé la gana de ser.

La Galia.

He vuelto de un lugar maravilloso lleno de gente espléndida.
He regresado de una aventura en la que teníamos que vencer a un malvado César que nos invitaba a observarle en su piscina de goma particular, que nos hacía besar sus numerosos carteles de promoción, que nos tenía esclavizados, humillados, encarcelados… pero que, al final de su historia, comprendió los valores que nuestro pueblo divulgaba y decidió hacerse uno más de nosotros. Nuestro querido Julito.
He llegado desde un lugar que está algo perdido en tiempo y en el espacio y que está poblado de las más variopintas personas: un druida que perdió la memoria y se olvidó de los ingredientes que formaban la poción capaz de derrotar al Imperio Romano de nuestros corazones, una “bolita gala” a la que le encanta el jabalí y que siempre ayuda a sus amigos, un varón de pelo y bigotes rubios que “¡pequeñito pero matón!”, un jefe galo de cuyo nombre sigo sin acordarme que fue destituido como jefe por un romano muy autoritario, un bardo con una voz tan poco melodiosa que haría huir incluso al más duro de los ejércitos…
Todas estas personas nos han enseñado a lo largo de los quince días de mi ausencia que todos somos iguales y que la dignidad de la persona está por encima de cualquier capricho humano que implique la violencia, ya sea física, verbal o psicológica.
A lo largo de estos quince días el druida ha ido recordando los ingredientes de la poción que había perdido: capacidad crítica y no pasividad; tolerancia y respeto; esfuerzo y superación; ser tú mismo, compartir; no violencia y perdón; compañerismo y cooperación; justicia y solidaridad; amor y amistad. Y todo esto nos ha demostrado lo verdaderamente importante del mundo, de las personas y de nosotros mismos.
A lo largo de estos días he vivido muchas cosas, he sentido y he hecho sentir a muchas personas pero, sobre todo, mi mayor recuerdo sois vosotros.

COLONIAS’11 ¡Somos GALOS!

¿Sigues ahí?

Me cogió por los hombros y me giró. Nuestros cuerpos estaban a escasos centímetros y sentía como el corazón le martilleaba fuertemente en el pecho. El mío también estaba enloquecido y agradecí la soledad que nos proporcionaba aquella estrecha calle de farolillos blancos.
-¿Qué sientes ahora? No me creo que lo hayas olvidado todo-murmuró mientras acercaba su rostro al mío-. No me confundas más ¿Qué sientes por mí? Tengo que saber si la persona que conocí sigue aún ahí.
Inspiré profundamente maldiciendo las preguntas que me había hecho. Sabía que era capaz de omitir información sobre mis sentimientos pero también sabía que no era capaz de mentirle si me interrogaba tan directamente.
-Yo… yo…
-Tú ¿qué? Dime.
Tragué saliva e intenté frenar el ritmo de mi corazón que ya hacía que me doliera el pecho. Sus ojos celestes me atravesaban implorándome una respuesta que le diera algo a lo que aferrarse y sabía que deseaba con todas sus fuerzas que su pequeña no se hubiera ido y que sólo estuviera perdida en algún rincón de mi mente. Yo sabía que así era pero eso él necesitaba oírlo. Y casi sin aliento le dije:
-Sigo aquí. Nunca me he ido. Y… y te quiero.
Sin esperar una respuesta por su parte hice algo que me había muerto por hacer desde que me besó por primera vez cuando desperté en su cama. Recorrí los pocos centímetros que separaban mis labios de los suyos y le besé suavemente hasta que sus manos volaron a mi cintura y movió sus labios al compás de los míos. Realmente fue como si se juntara el fuego y la gasolina, y sentí como mi alegría pasaba a ser suya y la suya, mía. Nos fundimos en un beso largo que ambos habíamos anhelado desde hacía mucho tiempo, aunque yo no lo sabía, y, por primera vez desde que puse el primer pie en aquella ciudad, me sentí segura y en casa.

Es un beso...

- Sshh... Cállate, no lo estropees más. Márchate, vete.
+ No me voy a ir. Quiero besarte, ya te lo he dicho.
- Y lo vuelves a hacer...
+ ¿Hacer qué?
- Un beso no se pide, se roba. Un beso no se anuncia, te pilla por sorpresa. Un beso es espontaneo, no calculado. Un beso vale mucho más de lo que tú piensas. Un beso... un beso... un beso es el cielo y el infierno, es calor y frío, es blanco y negro; un beso te quita la vida con la espera y te la devuelve cuando llega. Un beso es todo y es nada.
+ ¿Entonces?
- ¿Entonces? Me parece que no lo entiendes aún...

Alicia.

"Eso me temo... has perdido la cabeza, ¡estás completamente majareta! Pero te diré un secreto: las mejores personas lo están.”

Quiero.

Intento luchar contra la frustración y la ansiedad que me provocan los sucesos de los últimos días y de los que aún espero ciertas represalias. Creo y espero que no dure para siempre, pero mientras tanto, duele.


Quiero gritar y gritar hasta que me quede ronca; quiero discutir; quiero fruncir el ceño durante unas horas… ¡qué demonios! Quiero fruncir el ceño durante un día entero; quiero ponerme borde y contestar fatal; quiero decirles a ellos que deberían cerrar sus bocazas e irse al infierno un rato o, si les apetece, toda la vida; y, si, ¿Por qué no? Quiero llevar a cabo contigo todas esas perrerías que nos negamos a hacer para no bajar a su nivel.


Quiero, quiero, quiero... Quiero tantas cosas y tan pocas consigo...

Respira y vive.

Respira y vive... Respira y vive... Respira y vive...
Es la única experiencia sensorial que he tenido en más tiempo del que puedo recordar: el sonido de esa voz aterciopelada que me susurra que respire y que viva.
¿Respirar? ¿Acaso no estoy respirando ahora mismo? Bajo la mirada hacia mi pecho y compruebo que suba y baje al compás, como hace siempre, pero no veo nada y, lo cierto, es que no noto que el aire, el oxígeno, llegue hasta mis pulmones, sin embargo no me ahogo. Como dijo mi profesor de filosofía: no es ahogo, es ausencia de respiración. Me encuentro bien, no es desagradable, ya que lo que no existe no puede causar emoción alguna.
¿Y vivir? ¿Acaso no estoy viviendo ahora que estoy pensando? Cierto es que no veo, siento, huelo o saboreo nada, tan solo escucho esa voz que me obliga a buscarla y a perseguirla hasta hallarla.
Respira y vive… Respira y vive…
Intento avanzar, pero no tengo extremidades que mover. Mis ojos no captan imagen alguna y decir que todo es negro, es un eufemismo, lo que veo (o no veo, mejor dicho) es la nada.
No sé dónde estoy, no sé quién soy y no sé de quién es la voz que me llama a la vida, una vida que, a mi parecer, ya estoy viviendo.
De pronto una fuerza arrastra mi cuerpo, o lo que queda de él, hacia delante y hacia arriba durante mucho tiempo.
Cada vez tengo más frío y eso solo puede significar que comienzo a recobrar la sensibilidad dérmica. No sé si clasificarlo en cosas buenas o en preludio a una catástrofe.
Cuando empiezo a creer que nunca dejaré de ascender ni de tener, cada vez, más frío, me detengo de golpe en un lugar lleno de una luz que ciega a mi renovada vista, y, cuando mis pupilas se acostumbran a semejante torrente de luminosidad, miro dónde se supone que debe estar mi cuerpo, y ahí está: la piel blanca; mi pelo largo, liso y azabache cayendo a un lado de mi cuello; y mis dedos, largos y estilizados, terminados en unas uñas sin pintar y largas.
Respira y vive…
Miro a todas partes en busca de esa voz que ha sonado tan cerca. Pero no encuentro a nadie ni a nada. La verdad es que no sé qué pensaba encontrar exactamente, tal vez una radio, un tocadiscos rayado (como los que aparecen en las películas) o… a él.
¿Pero quién es él? Busco en mi cabeza la respuesta a esa inquietante pregunta, esperando tener más suerte que con la cuestión de mi identidad. Y entonces la veo, esa única palabra que ahora se ha hecho tan grande que ocupa todo mi cerebro, apurando cada rinconcito que pueda quedar libre para poder alcanzar su máximo esplendor: Will.
Intento pronunciar su nombre pero todo lo que me rodea se ha vuelto acuoso y mi garganta ha quedado bloqueada con él agua que me deja sin respiración.
Respira…
Nado todo lo rápido que puedo, buscando la superficie que me pueda dar el oxígeno que ahora necesito.
Me duelen los brazos de dar brazadas en un agua que parece tan densa como el kétchup y durante unos instantes decido abandonar y sufrir las consecuencias de ahogarme y no volver a verle, pero enseguida mi fuerza de voluntad crece y sigo nadando. No puedo rendirme ahora que he superado la nada anterior.
Y vive…
Cuando llego a la superficie cojo una bocanada de aire tan grande que hasta duele y cierro los ojos con fuerza porque parece que el mismísimo Sol se ha puesto frente a mí con el propósito de dejarme ciega.
Cuando vuelvo a abrirlos descubro que me encuentro rodeada de naturaleza verde y unos ojos marrones me observan con preocupación.
Pero, para mi desgracia, no son los suyos.


Spanish Revolution.

Oigo gritos, palmadas, risas y llantos. Oigo protestas, críticas y pensamientos. Oigo el murmullo incesante de gente descontenta que busca una solución al problema que todos padecemos. Te oigo a ti y oigo al mundo. Lo que escucho no es otra cosa que la palabra del pueblo que despierta.
Todos han salido a la calle a luchar por lo que creen, por lo que sueñan y por lo que otros, no tan afortunados y algo temerosos, también deberían reclamar. Duermen a la intemperie, comen de la caridad de personas que los apoyan y comparten profundamente sus credenciales y viven, día a día, unos con otros, protegiéndose todos. Tal como una gran familia.
El mundo está roto y las personas aletargadas. Ha habido un tiempo en el que hemos vivido callados y sometidos, pero ahora, ahora podemos verlo. España ha despertado y la juventud va a por todas.

Razón y Corazón.

Y le dijo la razón al corazón:
“No creas que todo va ir bien porque alguien te lo dice, ya que te darás cuenta, segundos después, de que esa ha sido la mentira más grande que has escuchado en tu vida.
Todo saldrá al revés de como lo planeaste y no puedes hacer nada por evitarlo, cuanto antes te des cuenta, menor será la caída. Simplemente, asúmelo: no das la talla.”
A lo que el corazón respondió:
“Para amar no es necesario dar la talla, tan sólo querer hasta rabiar y reír hasta llorar. Pero es cierto una cosa: todo saldrá al revés de cómo lo planeaste. Y es que si todo saliera según lo previsto no sería amor lo que sentirías porque el amor es aventura, es sosiego, es cielo y es infierno, el amor pone patas arriba tu mundo  y hace que flotes en una nube que parece inestable y, a la vez, regia como el metal. El amor es magia en puro estado y como magia, amiga mía, es algo que la razón nunca comprendería.”

Amistad.

Escucha lo que te digo, "la verdadera amistad es la que no se hiela en invierno" y la que se hiela no vale la pena conservarla. ¿Te sirve para echar unas risas? Si, por supuesto, e incluso puede que te haga sentir cosas que antes no habías experimentado, pero ¿acaso merece la pena vivir junto a alguien que te da la espalda en las malas y en las peores se evapora? No, claro que no.
Son las verdaderas amigas las que siempre estarán ahí: en las buenas, en la malas, en las excelentes y en las peores. Son ellas las que te dicen las cosas como son, sin andarse por las ramas, y, aunque duela, siempre lo harán porque es necesario, porque lo necesitas, porque cuanto más subes más dura es la caída y cuanto antes detengan ese ascenso, antes abrirás los ojos y te darás cuenta de que lo que tú creías no era tan real como parecía. Son esas verdaderas amigas las que te conocen con tus virtudes y con tus muchos defectos y, aún así, te aman igual o más.
Y ahora te pregunto ¿Tienes Amigas? Porque yo sí.

Me siento bien.

Hoy el aire huele a sol y a pan recién hecho. Hoy es uno de esos días en los que hasta la última conexión nerviosa de tu cuerpo te pide salir de casa.
Cuando mis pies tocan la acera, una brisa azota mi pelo. Miro a ambos lados de la calle y tan solo encuentro caminando a dos o tres personas, tan despreocupadas y felices como yo.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Es tan agradable pasar unos días fuera del bullicio de la gran ciudad. Aquí no hay ruido, no hay contaminación, no hay personas que te hagan sentir mal, porque aquí no conozco a nadie.
Me siento en el bordillo y alzo la cara hacia el cielo. El sol me da de lleno en la cara, probablemente me quemaré, pero no importa, en esos momentos no importa nada, sólo el agradable cosquilleo que siento por dentro.
Oigo a los pájaros piar y a un perro que ladra y vuelvo a sonreír, porque, lejos de ser eso el ruido que estropea la preciada calma, son los sonidos que la acompañan para hacerla más valiosa y más perfecta, si cabe. Como dijo alguien en algún lugar “No hay perfección más bella que la imperfecta”.
De nuevo, me alegro de haber ido a aquel lugar. Me está sirviendo para aclarar mis pensamientos, para olvidarme de lo que me preocupaba y desconectar del mundo que, cada día, parece enloquecer un poco más.

Alaiya.

"He sido desterrada de mi hogar por cuestiones que no me atañían. He viajado por tierras desconocidas, mágicas, infernales y perdidas. He visto a la luna convivir con el sol, a los árboles abrazar a las llamas y a la diosa fortuna hundirse en la quiebra. He conquistado ciudades, océanos y parte del cielo. He caminado hasta el confín del mundo, admirado la torre de Babel y habitado durante un tiempo en los jardines colgantes de Babilonia. Pero, sobre todo, he amado y he sido amada.
Mi nombre es Alaiya. Y soy tu peor pesadilla. ¿Me recuerdas?"


He releído la carta millones de veces y millones de veces la he recordado: Imponente, preciosa, arrogante, sarcástica y divertida. No sé dónde está ni cuándo aparecerá y eso me pone nervioso porque soy el tío que la separó de su marido.


No vale la pena.

Las 22.45. Sigo aquí, con mi vestido de noche. Espero. Le espero.
Me pregunto si de verdad pensó alguna vez en mí como algo más que una amiga. Siempre me ha tratado muy bien. Era cariñoso, dulce y agradable. Pero jamás me ha mirado con amor o deseo, como cuando la mira a ella, y, sin embargo, iba a ir al baile conmigo. No se lo había pedido a ella, a la chica de pelo rubio y curvas de vértigo que con una sola mirada te hacía temblar y parecer lo más pequeño que existe. Pero yo no soy tonta y sé de sobra que era lo que más deseaba. Entonces ¿Que pretendía invitándome a mí, su hermana?
Las 23.03. Me cruzo de brazos y miro a mi alrededor ¿vendrá?
Nos conocimos en segundo de primaria y desde aquel momento habíamos sido inseparables, los mejores amigos, sabíamos cada detalle el uno del otro. Me había empezado a gustar en sexto de primaria y a partir de ahí había intentado seducirle, pero él se fue enamorando de mi hermana, que era un año más mayor que yo y que había basado su vida en una dura espiral contra mí de putadas, jodiendas, mortificaciones… En fin, como queráis llamarlo. Aún así, y aunque él sabía perfectamente lo maléfica e interesada que era ella, decidió no hacer caso a mis advertencias y cerró los ojos ante su oscuridad para quedarse sólo con el placer carnal, como habrían dicho mis abuelos.
Las 23.12. ¿Cuánto tiempo llevo esperando? ¿Acaso me invitó para hacerme una broma?
Una lágrima rodó por mi bronceada mejilla. Ya no vendría, claro que no. Era una soberana estupidez seguir esperando por él. Probablemente me habría invitado al baile para tener unos momentos de pasión con mi hermana sin que yo les molestara. Ya me imaginaba cuales habrían sido sus pensamientos: “La invitaré al baile, ella me esperará allí indefinidamente porque le gusto y yo podré tirarme a su preciosa hermana sin que ella merodeé por ahí”. Y estaba segura de que ahora estarían en casa, haciéndolo en el sofá y riéndose de mí, la pobre idiota de pelo rizado.
Miro al cielo y me estremezco, comienza a refrescar y las lágrimas que repentinamente están haciendo una carrera por mis mejillas parecen volarse hacia los lados con el viento.
-No vale la pena.
Un chico se acerca lentamente a mí. No sé su nombre, pero recuerdo haberlo visto en clase mirándome con una sonrisa. Justo como está haciendo ahora.
Intento una sonrisa y me secó las lágrimas con un cleenex que me da. No vale la pena. ¿Cuántas veces me habrían dicho eso mis amigas?
Las 23.29. El chico me invita a bailar.
¡Qué demonios! No iba a venir, está demasiado ocupado con sus temas “amorosos”. Además aquel chico rezuma simpatía y yo lo que necesito ahora es reírme y pasármelo bien, por todo el tiempo que he sufrido en vano.
Le cojo la mano que me ofrece y le digo:
-Cierto, no vale la pena.

Psicosis del amor no correspondido.

Gritos agónicos de pena brotaban de su boca color crema y sus negros ojos, enormes en proporción, sollozaban sin descanso al son de la canción que el músico tocaba sin descanso.
A su dolorido corazón, que ya no parecía estar en la parte izquierda de su pecho, claro estaba que le quedaba un largo trecho para conseguir amar otra vez.
Y él, que se había marchado de su lado, siguiendo la terrible senda que conduce al pecado, ajeno al estado de la joven dama vivía.
Mas largo tiempo no duró  aquello, ya que la dama de ojos negros albergaba en lo más profundo un psicótico sentimiento que la destrozó por dentro y la impulsó a ir al encuentro del amado traidor que con otra dama no tan joven la engañó.
Aferró un puñal envenenado, se acercó a su pecho, él le dijo “Perdonadme la vida, os lo ruego” y ella le contestó “Yo te rogué que no te marcharas y tú emprendiste tu camino sin volver siquiera la mirada”.
La dama, sin atender a más explicaciones, hundió en la carne del cuerpo del hombre el arma emponzoñada y cuando este cayó al suelo, inmóvil y bien muerto, la dama se sentó a su lado y al grito de “¡Siempre te quise, mi amado!”, se clavó el cuchillo del diablo en lo más profundo de su ser para, y por siempre, yacer junto a él.

Sonríe y punto.

Y en ese preciso instante se dieron cuenta de todas la cosas en común que tenían:
+ ¡Caray! Nos gusta la misma música, las mismas series, las mismas películas, el mismo actor... Es increíble lo que he conectado contigo en dos días. Sin duda, mucho más que con otra gente en años.
Madda sonreía y se le veía en la cara que disfrutaba con la situación de complicidad que vivía con Eirina, la chica que tenía delante, y al ver que ella también esbozaba algo parecido a una sonrisa, ante aquella extraña pero entrañable situación, añadió:
+ ¿Cómo es posible que no hayamos sido más amigas antes?
- Verás - le contestó ella - es que tenemos una diferencia insalvable, cielo.
Madda, confusa por la rara contestación, intentó recomponer su media sonrisa de superioridad y le preguntó:
- ¿Ah, sí? ¿Cuál?
Eirina soltó una tremenda carcajada ante su ocurrencia pero, de pronto, se puso terriblemente seria y le respondió sin más:
- Verás, cielo, es que yo no soy tan zorra como tú.
Y así, dejando a Madda con la palabra en la boca, se alejó de aquel lugar y de aquel tiempo.

Jacky.

Querida Jacky:
Estoy presa por su culpa. No puedo escapar y no puedo intentarlo.
Es grosero, larguirucho, creído y algo mimado. Tiene los dientes perfectos y los ojos del mismo color que el chocolate. Grita, patalea, roba, miente, a veces sonríe y juraría que otras veces me guiña un ojo, aunque quiero creer que tan sólo es un tic que aparece en el momento más inoportuno, es decir, siempre. Quiere tener siempre la última palabra y las únicas opiniones que respeta son la suya (¿Cómo no?) y la de su querido gato Westchild (Si, la opinión de un gato peludo y dormilón cuenta más en su vida que la de una ingeniera industrial con media de nueve en la carrera).
Desde el primer momento en el que le vi tuve un mal presentimiento que se cumplió en cuanto eché un vistazo a la profundidad de sus ojos traicioneros.
¿Sabes que es un hechizo? Pues yo caí en el suyo. Cada vez que intentaba alejarme de él algo invisible me oprimía el cuello hasta el punto de dejarme sin respiración y si aún seguía consciente después de aquella etapa y continuaba alejándome de él, la piel comenzaba a quemarme y a quemarme hasta que, definitivamente, perdía la consciencia. Sé que no soy la única que sufre este hechizo en este maldito pueblucho en el que estoy presa y también sé que la única persona que consiguió superar consciente la etapa de la quemazón de la piel murió después por una parada cardiaca. Así que esa es la tercera y última etapa: la muerte.
Las demás jóvenes me aconsejan que deje de luchar contra mi opresor porque en cuando cese mi combate contra él comenzaré a enamorarme perdidamente y el resto de mi vida será tan feliz como en un principio la había planeado.
-¡Y un cuerno!-grito cada vez que me lo proponen con esa sonrisa de bobalicona que las caracterizan
No sé cómo voy a largarme de esta pesadilla que no me deja despertar, pero tengo claro que jamás dejaré de pelearme con el destino hasta que me otorgue lo que realmente quiero. Después de todo, sé que me esperas en casa, hija mía, y ese es mi aliento más profundo y consistente.
Te amo más de lo que imaginas.

Creo que...

"No me esperaba esto. No me esperaba esto. No me esperaba esto".
Me late el corazón demasiado, casi duele. Creo que se me va a salir del pecho como siga a este ritmo, y no es una metáfora.
Estoy muy nerviosa, debería calmarme pero no puedo. En los libros describen esta situación como confusa, pero yo no estoy nada confusa, es más, lo veo todo con más color, más grande y más definido. La adrenalina surca mis venas y siento que voy a salir corriendo en cualquier momento, pero no debo hacerlo o todo lo que he hecho habrá sido para nada: Estoy aquí y aquí me quedaré.
Su olor impregna toda la habitación y comienza a adherirse a mi piel y ropa. Eso no me importaría si él estuviera pegado a mí, pero nos separan por lo menos cinco horribles y angustiosos pasos ya que yo estoy pegada a su pared, no sé si para sujetarla por si se cae o para que ella me sujete a mí.
Le he dicho lo que siento, pero aún no ha reaccionado. Sigue parado, con las manos en los bolsillos y mirándome fijamente como si intentara atravesarme con su mirada...
"No, espera, está avanzando. Avanza. Avanza." Pienso histéricamente.
Intento respirar hondo pero lo único que consigo es un jadeo sordo. Quiero abofetearme, esta conducta no es propia de mí. Yo siempre controlo la situación y son los demás los que tiemblan ante mi mirada.
Ya sólo nos separa un paso. Y en el intervalo que tarda en cruzarlo dejo de respirar. Sus ojos miran a los míos y a mi boca en intervalos regulares, y comienzo a respirar agitadamente cuando comprendo que va a besarme. A mí. Me va a besar a mí.
Apoya su frente contra la mía y lentamente sus labios rozan los míos. Primero suavemente y luego con más pasión. Sus manos acarician mi cintura y las mías su pelo que es tan liso que casi se me resbalan. Normalmente suele ser malo juntar el fuego y la gasolina, pero en este caso, creo que es lo mejor que se ha hecho. Esta explosión que estoy sintiendo me llena de vida y hace que me ardan las mejillas.
¿Lo deseaba tanto como yo? Porque si es así, soy toda suya.
El corazón sigue latiendome muy deprisa. He cruzado la línea que separaba el casi-dolor del dolor, pero ya no me importa. Nunca creí que el sufrimiento pudiera ser tan agradable... Creo que me podría llegar a acostumbrar.

Viva el masoquismo.

Apenada y contrariada por los sucesos de aquel largo día, me alejé despacio del que nunca había sido mi hogar.
¿Pero cómo podía llamar hogar al lugar donde habían acontecido los peores momentos de mi vida?
El sol comenzaba a lanzar sus últimos destellos antes de desaparecer en el horizonte. Me costaba creer que hubiese hecho un día tan estupendo ya que no contrastaba nada con mi estado de humor. Si el clima fuera justo y me otorgara lo que mis sentimientos demandaban, habría habido una gran tormenta que hubiese desembocado en una semana ininterrumpida de nevadas y frío, mucho frío. Pero el clima es una fuerza de la naturaleza implacable que no se deja convencer por nadie, cuya ley son sus deseos.
Caminé por las caldeadas calles con la cabeza gacha y arrastrando levementelos pies, mientras esquivaba a las desconsideradas personas que no hacían ni el ligero esfuerzo de moverse unos centímetros para dejarme continuar mi travesía de ilusoria miseria.
Cuando vi que mis piernas, cansadas de andar, amenazaban con arrojarme a la fría y dura acera, me senté en uno de los múltiples bancos que había a mi alrededor y, mientras me frotaba distraídamente las pantorrillas doloridas, me dediqué a observar el mundo que me rodeaba y que tan pocas veces se me había permitido ver.
Pese a mi ánimo, todo se veía hermoso: el sol brillaba, se oían los cánticos de los pájaros, el aire olía a pan y la gente que pasaba parecía estar rebosante de felicidad. Una cosa más que me impulsaba a odiarla. Aunque, en realidad, siendo sincera, no era odio lo que sentía sino envidia: yo, que estaba acostumbrada al frío aparente de la mansión Weeky Hart y a los rostros sombríos, hipócritas y perfectamente aliñados de mis parientes, envidiaba a aquella gente que, sin ninguna duda, tendrían una vida más satisfactoria que la mía propia.
Millones de veces me había preguntado por qué continuaba viviendo con aquellas personas malvadas y desdeñosas, capaces de lo imposible por sus ambiciones; y millones de veces mi cabeza y, sobre todo, mi corazón me habían respondido lo mismo.
ÉL. ÉL. ÉL. ÉL. ÉL.
Puse lo ojos en blanco y me levanté del banco, dispuesta a volver a la lúgubre casa junto a las personas que se hacían llamar socarronamente mis parientes. Y mientras caminaba hacia mi nueva perdición, teniendo en mente tan solo los brillantes ojos de aquel chico que una vez me demostró que nadie es malo del todo, pensé: “Viva el masoquismo”