Más blanco, más luminoso.

Cuando se tumba a mi lado y nuestras pieles se funden en un cálido abrazo que querría que durase para siempre, le miro a los ojos y sonríe. Y a mi mente llega esa imagen como si fuera una ilusión, como si el mundo se hubiese vuelto un poco más blanco y más luminoso.

A veces, mi cerebro hace cosas extrañas con las imágenes y las distorsiona en colores que le ayudan a enfatizar la emoción que quiere darles, como si no tuviera demasiado claro que yo, por mi misma, pudiera identificar lo que está pasando a mí alrededor. Y así, quiera o no, recuerdo ciertos momentos de mi vida teñidos de un color u otro.

Por ello, cuando nos miramos y su sonrisa ilumina tanto su boca como sus ojos, lo veo todo diferente. Y no es sólo el color, sino que empiezo a ver su rostro más cerca y juraría que casi puedo contar sus pestañas una a una porque, aunque más tarde lo recordaré difuminado, más como si todo hubiese sido un sueño, en esos momentos la nitidez es máxima. Por eso, cuando, mis labios buscan los suyos, me sorprende lo lejos que parecen, porque para mí, según la información que estoy recibiendo de mis ojos, están a milímetros de los míos.

Sus manos acarician mi espalda y suben hasta mi pelo, apartándome un mechón rebelde que se empeña en escaparse de detrás de mis orejas, y en lo único que puedo pensar es que ese momento es nuestro, que nadie nunca nos lo podrá quitar, que todo ese blanco y toda esa luminosidad quedará grabada en esos minutos en los que, desnudos y abrazados, nos contemplamos, nos sonreímos, nos besamos. Que da igual qué pase mañana o dentro de un mes o, incluso, dentro de un año, porque el ahora es lo que cuenta; y, ahora, estamos juntos.

Ojalá pudiera dibujar bien de verdad para plasmar lo que veo en mi cabeza sobre papel.


Érase una vez un prólogo.

Cuando abro los ojos no sé dónde estoy, no siento ni un solo músculo de mi cuerpo y noto que tengo la boca tan seca que bien podría ser el desierto del Sahara. Me siento cansada y noto que dos gotas de insistente sudor luchan por llegar en primer lugar desde mi frente hasta donde quiera que esté tumbada. Me rodea una habitación de paredes claras y cortinas vaporosas que se mecen ligeramente al son del viento, del centro del techo pende una lámpara de aspecto antiguo que incorpora, además, las aspas de un ventilador. Es un sitio bastante minimalista que no revela nada, por lo que mis ojos, incapaces de ponerse a buscar algún detalle sutil que se me haya pasado en el primer vistazo, comienzan a cerrarse lentamente para intentar inducirme, de nuevo, en un sueño que permita mejorar mi maltrecho estado. Y, aunque algo en el fondo de mi cabeza está dando alguna clase de alarma, dejo que mis párpados hagan lo que quieran, porque no puedo luchar contra el agotamiento que parece haber poseído cada célula de mi cuerpo.

No obstante, como mi vida no se caracteriza por la buena suerte, dos segundos después de haber vuelto a cerrar los ojos, la puerta de la habitación se abre violentamente. La parte de mí que había estado dando la voz de alarma se hace con el control de mis extremidades y me hace saltar de la cama en la que había estado tumbada. A la vez, la persona que ha entrado comienza a disparar contra mí. Mi corazón comienza a latir a una velocidad imposible, haciendo que mi mente sea completamente bañada por la adrenalina. Si me ha alcanzado alguna bala aún no la siento, por lo que, escondida detrás de la cama, tratando de no hacer ningún movimiento que delate a mi asesino que sigo viva, desenfundo la pistola con la mano derecha y espero.

La mujer que ha tratado de matarme asoma la cabeza para comprobar que su trabajo ha sido realizado correctamente, sin embargo, es a mí apuntándola con una pistola lo que ve. Sin vacilar, apretó el gatillo y disparo unas cuantas veces contra el techo y la pared. No quiero matarla, sólo pretendo asustarla y confundirla, para poder salir corriendo, como hago siempre. No obstante, cuál es mi sorpresa cuando, tratando de salvar su vida (que erróneamente cree en peligro), salta por la ventana. 

—¡No! —grito inútilmente. No es lo que quería, no soy una asesina.

Con la respiración totalmente descompensada y el corazón a punto de salírseme del pecho, rodeo la cama y me acerco a la ventana a grandes zancadas. Con cuidado, cojo la cortina con la mano y la descorro un poco para echar un vistazo, esperándome lo peor. No obstante, para mi desconcierto, no veo nada interesante en la calle. Es decir, debo estar en un tercer o un cuarto piso, la mujer debería de haber quedado espachurrada en la acera y la gente debería de haber estado rodeándola, mirando hacia arriba en busca de una respuesta. Pero allí fuera todo parece normal, nada ha descarrilado el rumbo de sus vidas.

—No entiendo nada —murmuro para mí misma.
—A todos nos pasa al principio —responde una voz de mujer detrás de mí.

El corazón de me da un vuelco tan fuerte que duele. No me explico de dónde ha salido ni cómo ha llegado hasta la habitación tan sigilosamente y, aunque intento no pensar en ello y actuar automáticamente, en el momento en el que mi agotado cuerpo se gira para disparar, esta vez a matar, suena un disparo que no viene de mi pistola y todo se empieza a nublar.

Antes de caer al suelo, antes de que todo se vuelva negro, veo que en la cama, donde había disparado la mujer, no hay agujeros de disparos, sino pequeños dardos clavados y algo dentro de mí me hace sonreír. Quizá aún no ha llegado la hora de mi muerte, después de todo.

Que especial sería.

Que especial es levantarse por la mañana y mirarle y ver cómo abre los ojos y sonríe, porque eres lo primero ve que nada más despertarse. Que especial cuando, esperando a que vuelva a dormirse, porque aún es muy temprano, notas como su mano busca tu pelo y lo acaricia suavemente, mientras su respiración te roza la frente.

Que especial es sentir su piel bajo la ropa, para después quitársela lentamente, mirándole a los ojos, que le brillan como si hubiesen absorbido la mitad de las estrellas del firmamento. Que especial es el momento en el que se tumba junto a ti y te enreda entre sus brazos y sus piernas, porque aunque vuestras pieles ya están completamente unidas, la cercanía nunca es suficiente.

Que especial cuando, con una sonrisa que se le marca en la voz y se le intuye en los labios, te dice que te quiere. Que especiales todos esos abrazos y que especial cuando te da la mano y juega con tus dedos y tu palma, porque no se puede estar quieto, porque cada caricia, por pequeña que sea, resulta maravillosa.

Que especiales todas esas tardes de paseos, de pelis, de series, de sexo, de charlas, de no hacer nada y de hacerlo todo. Que especial compartir gustos y compartir la vida.

Y que poco especial cuando no eres la única. Cuando todo eso, él también lo comparte con otras. Pero ahí sigues, porque confías en que algún día decida que mereces la pena, que cuando te elige, no resta, suma. Y, sobre todo, ahí sigues porque, a pesar de todo y a pesar de que duela muchas veces, le quieres. Todo esto, mientras una pequeña gran parte de ti no deja de llamarte tonta.

Por si algún día decides leerlo.

Hola, pajarito. Hace mucho desde la última vez que te escribí y, desde entonces, han pasado tantas cosas en mi vida que casi olvido que aún sigues ahí fuera, agitando las alas por tu cuenta, viviendo una vida diferente en la que yo ya no tengo cabida. Sin embargo, la palabra clave es “casi”, porque, de una manera u otra, aún te tengo en mis pensamientos.

El otro día soñé contigo. Soñé que te escribía una carta. Una larga, en un papel bonito y con una caligrafía bastante aceptable, cuidando los márgenes y evitando, a toda costa, las faltas de ortografía. Sí, de esas que te escribía antes. Te decía que aún te quería; que te echaba de menos; que quería comenzar de nuevo, como si nada hubiese pasado, como si jamás hubiésemos tomado un desvío diferente; y, sobre todo, que te perdonaba. En mi carta te perdonaba por todo, pero también te pedía perdón, por lo que había hecho, pero también por lo que no. Porque esto no había sido cosa de uno, habíamos participado los dos.

No obstante, al despertarme, no sentí alivio. Tampoco frustración. Tan sólo un sentimiento hueco que ondeaba libre por mi cuerpo, llegando hasta las puntas de mis dedos. Deseando escapar, pero completamente atrapado. Y es que aquella carta imaginaria me recordó que, en realidad, ya no te quería, que ya no te echaba de menos, que no quería comenzar de nuevo (porque significaría caer tarde o temprano en el mismo pozo) y que, siendo honesta conmigo misma, no te perdonaba. No por rencor y no por orgullo. Sino porque si me dejaba perdonarte estaría derribando la primera ficha del dominó que va hasta ti. El problema es que, de nuevo, de una manera u otra, aún te tengo en mis pensamientos. Aún me importas y, eso, me mata.

Como sabes, no espero nada de nadie. Los "quizás" provocan que la decepción esté en el tablero de juego. Por ello, sabiendo que inevitablemente ya te has sentado en la mesa junto con el resto de participantes del juego irónico que es a veces mi vida, dejo aquí esto, por si algún día decides leerlo.

A la luz de una farola.

Cuando llegamos, me sorprende lo rápido que ha pasado el tiempo. Me han parecido dos minutos, cuando en realidad debe de haber pasado una hora. O quizá algo más. No estoy segura, hace mucho que perdí la noción del tiempo y él no hace más que empeorar la situación. Su estúpida sonrisa y sus estúpidos ojos me desestabilizan, me erizan el vello de la nuca y hacen que quiera quedarme plantada allí, delante de ellos, para siempre. Pero no podemos, porque nuestros caminos siempre se separan. Es inevitable. Es ineludible. Es completamente cierto.

Bajo la luz de una farola que tiene pinta de haber estado allí puesta desde hace demasiados años, nos quedamos completamente quietos, observándonos, temiendo respirar demasiado alto, a escasos centímetros el uno del otro. Estoy deseando que se acerque más, que me acaricie con aquellas manos que el cielo ha tenido la bondad de brindarle, pero no lo hace. Le gusta verme sufrir. Así que me acerco más y me humedezco los labios, tratando de ponerle nervioso. Y funciona.

Con determinación, pone su mano derecha en mi cintura, bajo mi chaqueta y, aunque hace frío, comienzo a sentir calor. Pongo mis manos alrededor de su cuello, cruzo el mínimo medio paso que aún nos separaba, haciendo que su boca quede a milímetros de la mía, y espero. Espero una milésima de segundo, luego dos, tres, cuatro… Parece una eternidad, me queman los labios y que sus manos estén rozando mi cuerpo no ayuda demasiado, pero me obligo a esperar, a ser paciente, porque las prisas no son buenas, por muy nerviosa que me esté poniendo estar tan cerca sin poder hacer nada.

Y cuando siento que voy a volverme loca y decido atravesar la ridiculez de espacio que aún separa su boca de la mía, él sonríe y me besa. Y me da igual saber que dentro de poco tendrá que decirme adiós y que yo tendré que verle alejarse hasta perderle de vista una vez más. Porque lo que me importa es el ahora, el hecho de que sus manos recorren mi espalda y mi cintura y que su boca, ávida, provoca un agradable e insistente cosquilleo en todo mi cuerpo. Lo único que me importa ahora es que él me abraza y que yo le abrazo, que, por un momento, él es mío y yo soy suya.


Ojos pardos.

Esta es la historia de dos ojos pardos que recorren los rincones de los confines del universo en busca de un pequeño espacio, un pequeño hueco que quiera acogerlos, donde quepan y, por fin, no se sientan observados. Porque no les gusta que los miren. No les gusta ser el centro de atención. Les gusta observar y atender. Porque no ven necesario nada más. Les gusta apreciar el mundo y aprender de él. Sin intervención. No creen estar preparados aún para aportar nada, porque no creen que hayan madurado, no creen en sus virtudes. Se sienten pequeños, insignificantes en comparación a las grandes personas que existen de donde ellos vienen. Y, por eso, prefieren esperar al momento en el que adquieran un cuerpo que los ponga a la altura de los demás. Sin embargo, el momento no parece llegar nunca.

“Creed en vuestra valía” es una de las frases que les han repetido muchas veces, pero ¿pueden hacerlo? ¿Por qué deberían hacerlo? ¿Porque es “la verdad”? ¿Y si no lo es? ¿Y si sólo dicen eso porque “la verdad” es tan cruel que sería inconcebible hablar de ella? Los ojos pardos de nuestra historia son inseguros, no quieren que las grandes personas les hagan daño, que se rían de ellos. Y por ello juegan al escondite contra ellos mismos y contra el mundo: escondiendo palabras, escondiendo fallos, escondiendo recuerdos… Escondiendo todo lo que pueda delatarles como seres interactuantes.

Quizá hay que escuchar más allá de las palabras y esperar poco de canciones bellas.