Más blanco, más luminoso.

Cuando se tumba a mi lado y nuestras pieles se funden en un cálido abrazo que querría que durase para siempre, le miro a los ojos y sonríe. Y a mi mente llega esa imagen como si fuera una ilusión, como si el mundo se hubiese vuelto un poco más blanco y más luminoso.

A veces, mi cerebro hace cosas extrañas con las imágenes y las distorsiona en colores que le ayudan a enfatizar la emoción que quiere darles, como si no tuviera demasiado claro que yo, por mi misma, pudiera identificar lo que está pasando a mí alrededor. Y así, quiera o no, recuerdo ciertos momentos de mi vida teñidos de un color u otro.

Por ello, cuando nos miramos y su sonrisa ilumina tanto su boca como sus ojos, lo veo todo diferente. Y no es sólo el color, sino que empiezo a ver su rostro más cerca y juraría que casi puedo contar sus pestañas una a una porque, aunque más tarde lo recordaré difuminado, más como si todo hubiese sido un sueño, en esos momentos la nitidez es máxima. Por eso, cuando, mis labios buscan los suyos, me sorprende lo lejos que parecen, porque para mí, según la información que estoy recibiendo de mis ojos, están a milímetros de los míos.

Sus manos acarician mi espalda y suben hasta mi pelo, apartándome un mechón rebelde que se empeña en escaparse de detrás de mis orejas, y en lo único que puedo pensar es que ese momento es nuestro, que nadie nunca nos lo podrá quitar, que todo ese blanco y toda esa luminosidad quedará grabada en esos minutos en los que, desnudos y abrazados, nos contemplamos, nos sonreímos, nos besamos. Que da igual qué pase mañana o dentro de un mes o, incluso, dentro de un año, porque el ahora es lo que cuenta; y, ahora, estamos juntos.

Ojalá pudiera dibujar bien de verdad para plasmar lo que veo en mi cabeza sobre papel.


Érase una vez un prólogo.

Cuando abro los ojos no sé dónde estoy, no siento ni un solo músculo de mi cuerpo y noto que tengo la boca tan seca que bien podría ser el desierto del Sahara. Me siento cansada y noto que dos gotas de insistente sudor luchan por llegar en primer lugar desde mi frente hasta donde quiera que esté tumbada. Me rodea una habitación de paredes claras y cortinas vaporosas que se mecen ligeramente al son del viento, del centro del techo pende una lámpara de aspecto antiguo que incorpora, además, las aspas de un ventilador. Es un sitio bastante minimalista que no revela nada, por lo que mis ojos, incapaces de ponerse a buscar algún detalle sutil que se me haya pasado en el primer vistazo, comienzan a cerrarse lentamente para intentar inducirme, de nuevo, en un sueño que permita mejorar mi maltrecho estado. Y, aunque algo en el fondo de mi cabeza está dando alguna clase de alarma, dejo que mis párpados hagan lo que quieran, porque no puedo luchar contra el agotamiento que parece haber poseído cada célula de mi cuerpo.

No obstante, como mi vida no se caracteriza por la buena suerte, dos segundos después de haber vuelto a cerrar los ojos, la puerta de la habitación se abre violentamente. La parte de mí que había estado dando la voz de alarma se hace con el control de mis extremidades y me hace saltar de la cama en la que había estado tumbada. A la vez, la persona que ha entrado comienza a disparar contra mí. Mi corazón comienza a latir a una velocidad imposible, haciendo que mi mente sea completamente bañada por la adrenalina. Si me ha alcanzado alguna bala aún no la siento, por lo que, escondida detrás de la cama, tratando de no hacer ningún movimiento que delate a mi asesino que sigo viva, desenfundo la pistola con la mano derecha y espero.

La mujer que ha tratado de matarme asoma la cabeza para comprobar que su trabajo ha sido realizado correctamente, sin embargo, es a mí apuntándola con una pistola lo que ve. Sin vacilar, apretó el gatillo y disparo unas cuantas veces contra el techo y la pared. No quiero matarla, sólo pretendo asustarla y confundirla, para poder salir corriendo, como hago siempre. No obstante, cuál es mi sorpresa cuando, tratando de salvar su vida (que erróneamente cree en peligro), salta por la ventana. 

—¡No! —grito inútilmente. No es lo que quería, no soy una asesina.

Con la respiración totalmente descompensada y el corazón a punto de salírseme del pecho, rodeo la cama y me acerco a la ventana a grandes zancadas. Con cuidado, cojo la cortina con la mano y la descorro un poco para echar un vistazo, esperándome lo peor. No obstante, para mi desconcierto, no veo nada interesante en la calle. Es decir, debo estar en un tercer o un cuarto piso, la mujer debería de haber quedado espachurrada en la acera y la gente debería de haber estado rodeándola, mirando hacia arriba en busca de una respuesta. Pero allí fuera todo parece normal, nada ha descarrilado el rumbo de sus vidas.

—No entiendo nada —murmuro para mí misma.
—A todos nos pasa al principio —responde una voz de mujer detrás de mí.

El corazón de me da un vuelco tan fuerte que duele. No me explico de dónde ha salido ni cómo ha llegado hasta la habitación tan sigilosamente y, aunque intento no pensar en ello y actuar automáticamente, en el momento en el que mi agotado cuerpo se gira para disparar, esta vez a matar, suena un disparo que no viene de mi pistola y todo se empieza a nublar.

Antes de caer al suelo, antes de que todo se vuelva negro, veo que en la cama, donde había disparado la mujer, no hay agujeros de disparos, sino pequeños dardos clavados y algo dentro de mí me hace sonreír. Quizá aún no ha llegado la hora de mi muerte, después de todo.

Que especial sería.

Que especial es levantarse por la mañana y mirarle y ver cómo abre los ojos y sonríe, porque eres lo primero ve que nada más despertarse. Que especial cuando, esperando a que vuelva a dormirse, porque aún es muy temprano, notas como su mano busca tu pelo y lo acaricia suavemente, mientras su respiración te roza la frente.

Que especial es sentir su piel bajo la ropa, para después quitársela lentamente, mirándole a los ojos, que le brillan como si hubiesen absorbido la mitad de las estrellas del firmamento. Que especial es el momento en el que se tumba junto a ti y te enreda entre sus brazos y sus piernas, porque aunque vuestras pieles ya están completamente unidas, la cercanía nunca es suficiente.

Que especial cuando, con una sonrisa que se le marca en la voz y se le intuye en los labios, te dice que te quiere. Que especiales todos esos abrazos y que especial cuando te da la mano y juega con tus dedos y tu palma, porque no se puede estar quieto, porque cada caricia, por pequeña que sea, resulta maravillosa.

Que especiales todas esas tardes de paseos, de pelis, de series, de sexo, de charlas, de no hacer nada y de hacerlo todo. Que especial compartir gustos y compartir la vida.

Y que poco especial cuando no eres la única. Cuando todo eso, él también lo comparte con otras. Pero ahí sigues, porque confías en que algún día decida que mereces la pena, que cuando te elige, no resta, suma. Y, sobre todo, ahí sigues porque, a pesar de todo y a pesar de que duela muchas veces, le quieres. Todo esto, mientras una pequeña gran parte de ti no deja de llamarte tonta.

Por si algún día decides leerlo.

Hola, pajarito. Hace mucho desde la última vez que te escribí y, desde entonces, han pasado tantas cosas en mi vida que casi olvido que aún sigues ahí fuera, agitando las alas por tu cuenta, viviendo una vida diferente en la que yo ya no tengo cabida. Sin embargo, la palabra clave es “casi”, porque, de una manera u otra, aún te tengo en mis pensamientos.

El otro día soñé contigo. Soñé que te escribía una carta. Una larga, en un papel bonito y con una caligrafía bastante aceptable, cuidando los márgenes y evitando, a toda costa, las faltas de ortografía. Sí, de esas que te escribía antes. Te decía que aún te quería; que te echaba de menos; que quería comenzar de nuevo, como si nada hubiese pasado, como si jamás hubiésemos tomado un desvío diferente; y, sobre todo, que te perdonaba. En mi carta te perdonaba por todo, pero también te pedía perdón, por lo que había hecho, pero también por lo que no. Porque esto no había sido cosa de uno, habíamos participado los dos.

No obstante, al despertarme, no sentí alivio. Tampoco frustración. Tan sólo un sentimiento hueco que ondeaba libre por mi cuerpo, llegando hasta las puntas de mis dedos. Deseando escapar, pero completamente atrapado. Y es que aquella carta imaginaria me recordó que, en realidad, ya no te quería, que ya no te echaba de menos, que no quería comenzar de nuevo (porque significaría caer tarde o temprano en el mismo pozo) y que, siendo honesta conmigo misma, no te perdonaba. No por rencor y no por orgullo. Sino porque si me dejaba perdonarte estaría derribando la primera ficha del dominó que va hasta ti. El problema es que, de nuevo, de una manera u otra, aún te tengo en mis pensamientos. Aún me importas y, eso, me mata.

Como sabes, no espero nada de nadie. Los "quizás" provocan que la decepción esté en el tablero de juego. Por ello, sabiendo que inevitablemente ya te has sentado en la mesa junto con el resto de participantes del juego irónico que es a veces mi vida, dejo aquí esto, por si algún día decides leerlo.

A la luz de una farola.

Cuando llegamos, me sorprende lo rápido que ha pasado el tiempo. Me han parecido dos minutos, cuando en realidad debe de haber pasado una hora. O quizá algo más. No estoy segura, hace mucho que perdí la noción del tiempo y él no hace más que empeorar la situación. Su estúpida sonrisa y sus estúpidos ojos me desestabilizan, me erizan el vello de la nuca y hacen que quiera quedarme plantada allí, delante de ellos, para siempre. Pero no podemos, porque nuestros caminos siempre se separan. Es inevitable. Es ineludible. Es completamente cierto.

Bajo la luz de una farola que tiene pinta de haber estado allí puesta desde hace demasiados años, nos quedamos completamente quietos, observándonos, temiendo respirar demasiado alto, a escasos centímetros el uno del otro. Estoy deseando que se acerque más, que me acaricie con aquellas manos que el cielo ha tenido la bondad de brindarle, pero no lo hace. Le gusta verme sufrir. Así que me acerco más y me humedezco los labios, tratando de ponerle nervioso. Y funciona.

Con determinación, pone su mano derecha en mi cintura, bajo mi chaqueta y, aunque hace frío, comienzo a sentir calor. Pongo mis manos alrededor de su cuello, cruzo el mínimo medio paso que aún nos separaba, haciendo que su boca quede a milímetros de la mía, y espero. Espero una milésima de segundo, luego dos, tres, cuatro… Parece una eternidad, me queman los labios y que sus manos estén rozando mi cuerpo no ayuda demasiado, pero me obligo a esperar, a ser paciente, porque las prisas no son buenas, por muy nerviosa que me esté poniendo estar tan cerca sin poder hacer nada.

Y cuando siento que voy a volverme loca y decido atravesar la ridiculez de espacio que aún separa su boca de la mía, él sonríe y me besa. Y me da igual saber que dentro de poco tendrá que decirme adiós y que yo tendré que verle alejarse hasta perderle de vista una vez más. Porque lo que me importa es el ahora, el hecho de que sus manos recorren mi espalda y mi cintura y que su boca, ávida, provoca un agradable e insistente cosquilleo en todo mi cuerpo. Lo único que me importa ahora es que él me abraza y que yo le abrazo, que, por un momento, él es mío y yo soy suya.


Ojos pardos.

Esta es la historia de dos ojos pardos que recorren los rincones de los confines del universo en busca de un pequeño espacio, un pequeño hueco que quiera acogerlos, donde quepan y, por fin, no se sientan observados. Porque no les gusta que los miren. No les gusta ser el centro de atención. Les gusta observar y atender. Porque no ven necesario nada más. Les gusta apreciar el mundo y aprender de él. Sin intervención. No creen estar preparados aún para aportar nada, porque no creen que hayan madurado, no creen en sus virtudes. Se sienten pequeños, insignificantes en comparación a las grandes personas que existen de donde ellos vienen. Y, por eso, prefieren esperar al momento en el que adquieran un cuerpo que los ponga a la altura de los demás. Sin embargo, el momento no parece llegar nunca.

“Creed en vuestra valía” es una de las frases que les han repetido muchas veces, pero ¿pueden hacerlo? ¿Por qué deberían hacerlo? ¿Porque es “la verdad”? ¿Y si no lo es? ¿Y si sólo dicen eso porque “la verdad” es tan cruel que sería inconcebible hablar de ella? Los ojos pardos de nuestra historia son inseguros, no quieren que las grandes personas les hagan daño, que se rían de ellos. Y por ello juegan al escondite contra ellos mismos y contra el mundo: escondiendo palabras, escondiendo fallos, escondiendo recuerdos… Escondiendo todo lo que pueda delatarles como seres interactuantes.

Quizá hay que escuchar más allá de las palabras y esperar poco de canciones bellas.



Profecía

Dicen que hace mucho tiempo había algo llamado noche. Cuentan que el cielo se oscurecía y quedaba poblado por unos pequeños puntos de luz, coronados por una gran esfera plateada que iluminaba el camino de una clase de personas que se llamaban a sí mismos “soñadores”. Dicen que los puntos de luz se llamaban estrellas, que la esfera era la preciosa luna y que, juntas, ayudaban a la mente de los soñadores a viajar lejos y muy alto, a volar entre las nubes y a ver cosas que nadie soñaría con ver… Y es que ese es el problema, que ya no hay soñadores. Porque no hay noche, porque nosotros mismos hicimos que nos la quitaran.

Cuentan que el mundo está protegido por los elementos y que, cuando la humanidad se volvió tan orgullosa como para afirmar que ella era dueña y señora de cada hoja de árbol que crecía, de cada gota de agua que caía, de cada soplo de viento que volaba, de cada chispa de fuego que surgía y dueña de cada corazón puro y bueno que nacía, decidieron poner fin a tanta maldad y nos castigaron con lo único que de verdad parecía importarnos: los sueños.

La tierra, el agua, el viento, el fuego y el corazón se alzaron de sus tronos deslumbrantes y haciendo gala de todo su poder alargaron la mano hacia el cielo y retiraron el manto oscuro pero brillante que cubría el cielo nocturno, revelando la luz del día, apagando las estrellas, desplazando a la luna y, sobre todo, borrando de la faz de la tierra a nuestros queridos soñadores, que tanto bien y tanta falta nos hacían.
Dicen que hace mucho tiempo la gente podía tener la cabeza en las nubes o perderse en la luna, pero desde que nos quitaron la noche todo el mundo vive con los pies bien fijados a la tierra. Sin esperanzas, sin alegría, sin ilusiones… sin sueños.

Sin embargo, no todo está perdido. También cuentan que, un día, un grupo de soñadores despertaría  y que, haciendo lo que parecía imposible, caminando a la luz del día y soñando despiertos, nos ayudarían a recuperar la oscuridad con todos sus puntitos de luz y toda la magia que conlleva. Nos ayudarían a volver a volar y a viajar y a reír y a jugar. Nos ayudarían a volver a soñar.



TRASLUZ, COLONIAS Y MONITORES.

Uno de mis muchos defectos es que no sé expresar en palabras lo que pienso. Puedo dar una idea general de lo que quiero decir, pero soy incapaz de recitar cada palabra y cada sentimiento que tengo en mente. Puedo escribirlo (o, al menos, intentarlo) pero me no me veo capaz de decirlo en voz alta. Y menos con 40 personas mirándome. Con 80 pares de ojos clavados en mí, reflexionando acerca de lo que digo y comparando mi experiencia con la suya. No lo parece, pero me impone y, al final, cuando veo que la garganta se me cierra y que las lágrimas comienzan a tratar de hacer carreras por mis mejillas, me siento involuntaria e irremediablemente atraída a dejar de lado la parte seria del asunto, aunque sea un momento. Porque me pone nerviosa que me miren mientras hablo de mis sentimientos. Porque se me da mejor reír. Así que, allá voy:

Preguntaban qué han cambiado las COLONIAS en mi vida y puedo afirmar sin equivocarme que las COLONIAS no es que hayan cambiado un aspecto o dos de mi vida, sino que la han trastocado por completo. Tengo muy claro que yo no sería yo, si no hubiese sido partícipe de un proyecto tan bonito y trascendental como el que predica TRASLUZ. Sé con una seguridad férrea que la Irene de hoy en día jamás hubiera existido, sería una persona completamente desconocida, abocada al absoluto vacío. Porque sin TRASLUZ y sin las COLONIAS jamás hubiese aprendido a quererme y valorarme como soy; a ver que cada persona es diferente y especial y que es eso lo que enriquece cada día de nuestra vida; y a darme cuenta de que un mundo mejor es posible, porque el granito de arena que aportamos cada uno va formando poco a poco una gran montaña de amor, justicia, igualdad y felicidad.

Pienso, y sé que es cierto, que el mundo perfecto está formado por un conjunto de luces que brillan con la intensidad de mil estrellas. Y, aunque hay personas demasiado ciegas para vislumbrar, siquiera, un destello de esa energía que el mundo perfecto crea, eso no significa que no exista, sólo que resulta más difícil encontrarlo. Las COLONIAS forman parte de esas luces y los MONITORES son las personas que hacen que eso sea completamente posible, porque son esos superhéroes que mantienen y alimentan esa luz que nos empuja a buscar ese mundo maravilloso que los ciegos e incrédulos nos impiden ver del todo.

Cuando llegué a las COLONIAS mi mundo era tan oscuro como parece serlo el de mucha gente, pero los MONITORES, con sus valores, sus juegos, su sonrisa, su cariño, su compañía, su amistad y su maldita manía de aceptarte y valorarte por cómo eres, me mostraron esa luz cálida y acogedora que, aunque no lo sabía entonces, sería la que guiaría mi vida a partir de ese entonces. Porque lo que enseñan es algo tan precioso que sientes que quieres ser parte de ello. No te vale observar. No te vale aplaudir sus logros. NECESITAS agarrar esa luz y no soltarla nunca, porque una vez que la has visto es imposible olvidar lo bella que es y lo bien que te sientes dentro.

Los MONITORES han sido, son y serán mi referente. Les quiero por como son y por cómo viven su vida día a día y, aunque ahora pertenezco a su grupo, siento que jamás dejaré de aprender de ellos y de querer ser cómo ellos. Son mi luz. La mía y la de mucha gente. Y se ve claramente en su esfuerzo, en su dedicación y, sobre todo, en la buena fe que ponen en todo.


Por todo lo que han hecho, por lo que siguen haciendo y por lo que harán: gracias por enseñarme el buen camino, con sus ventajas y sus inconvenientes. Muchísimas gracias. Estoy muy orgullosa de vosotros.


"Somos amigos. Pero..."



Cobijada en la oscuridad de su habitación, tumbada sobre la cama y con los ojos puestos en un techo que realmente no ve debido a la negrura que se apodera de todos los rincones, trata de encontrar algún sentido capaz de expresarse en palabras a todo lo que pasa por su cabeza.
Sus pensamientos en esos instantes podrían asemejarse con una precisión casi aterradora a esos auriculares que sacas de tu bolsillo después de estar en ese mismo lugar durante un día entero. Están tan enredados unos con otros que parece prácticamente imposible desenredarlos. Y podría haber sido algo más romántica a la hora de buscar un símil que se adecuase a su situación, pero no cree que sea necesario. Lo que busca es claridad y demasiado confusa está ya como para, además, añadirle a su vida una poesía y una retórica que ni necesita ni se entiende.
Respira hondo y, a tientas, se levanta a abrir la ventana. No tener el control de su vida la frustra y, aunque trata no pensar en ello, es algo que flota en el aire. Como un pálpito. Insistente y prolongado.
Cuando vuelve a tumbarse, chasquea la lengua, cierra los ojos y mentalmente estira hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo todos sus pensamientos con la esperanza de que algún perezoso no se haya agarrado bien y pueda separarlo del resto. Para tener un hilo del que tirar. Un comienzo.
Afortunadamente y no sin esfuerzo, lo consigue. Dos palabras se despegan de la masa pegajosa y confusa de su mente: “Somos amigos”.
Y cuando comienza a pensar que ha encontrado por fin su camino, una espantosa palabra se suelta sola de aquella maraña aparentemente indestructible, poniendo fin a aquel rayo de luz y sumiéndola de nuevo en la profunda confusión: “Pero…”

Dorothy.

Recuerdo perfectamente el cielo gris.
Y la casa volando.
Y el tornado.
Y lo recuerdo porque lo han marcado como el principio de todo, el génesis, el origen. No importa lo que ocurrió con anterioridad, lo que importa es ese momento en el que comienza el vendaval y lanza todo por los aires, catapultándolo a una nueva dimensión que hace que todo tiemble y se estremezca. Que hace que todo cambie, que tú seas distinto, que yo sea distinta.

Mi nombre es Dorothy Gale y ya no estoy en Kansas.


Hasta pronto, pajarito.


La suma de ciertos años, algunos meses y muchísimos días me lleva hasta ti. Hemos pasado tantas cosas que me pasaría media vida tratando de recordarlas todas y otra media haciendo la lista de nuestros mejores momentos que, sin duda, ocuparía unas cuantas decenas de folios por las dos caras. Sin márgenes. Y me apuesto lo que quieras a que siempre me dejaría algo. Excepto tu alegría. Y tus ojos brillantes.
Fácilmente podría tirarme las tardes hablando de ti con quién fuera con la imprescindible e insistente muletilla de “recuerdo que…”. Has sido una parte muy importante de mí. Me has ayudado a crecer como persona y, aunque al final el resultado no ha sido demasiado bueno debido a mis múltiples meteduras de pata, creo que es más que necesario darte las gracias. Además, me estás ayudando a madurar, aunque tú no te des cuenta. Porque, como dijo una persona a la que admiro, “todo sucede por una razón, ¿quién me dice que esto es todo?”.
Me apena todo lo que ha pasado y ojalá existiese una máquina del tiempo para volver atrás y comenzar de nuevo. No obstante, si se hiciese eso no aprenderíamos nada de esto. Y ahora me doy cuenta. Estaba haciéndonos daño porque soy demasiado cabezota como para ver lo evidente. Pero no te preocupes, ahora lo sé. Probablemente no leas esto, pero, si lo haces, sonríe porque vales mucho. Nuestros caminos se separan pero una parte de mí siempre se quedará contigo.
Ahora tengo que dejarte volar libre, pajarito.

"Nadie dijo que fuese a ser fácil", pero nosotros podemos con todo.


Trago saliva, cojo mi maleta del suelo y miró hacia atrás antes de dar el primer paso que me alejará para siempre de la vida que conozco. El aire está impregnado del humo del tren de vapor que me llevará a un destino impreciso y desconocido, y el viento gélido, que nos azuza a todos a movernos para entrar en calor, hace que los mechones de pelo que el moño no ha podido recoger vuelen libres al son de una canción que sólo ellos saben.
Sé que fue cruel despedirme de él con una miserable carta en la que, de todos modos, tampoco explicaba los motivos de mi marcha, pero esto es lo mejor para ambos. El Destino se ha interpuesto entre nosotros demasiadas veces desde que nos conocimos y, por mucho que me duela, no puedo evitar pensar que es porque, en realidad, no estamos hechos el uno para el otro. Sólo estamos hechos para destruirnos mutuamente. No nos pertenecemos y no nos hacemos bien. Ni yo a él, ni él a mí. Somos como niños que juegan con fuego y, después de quemarse, vuelven a las andadas. No puede ser, y si me hubiese quedado para decir adiós en persona, jamás hubiese podido salvarnos a ninguno de los dos.
Como dije en la carta, “nadie dijo que fuese a ser fácil”, pero esto es lo que nos ha tocado vivir. Esto es lo que somos. Y, sí, claro que desearía que apareciese y me impidiese alejarme de él, pero es demasiado egoísta por mi parte pensar en esa posibilidad. A la larga, será más feliz sin mí. Lo sé. No más dolor, no más pena, no más incertidumbre.
El silbato del tren retumba en toda la estación y provoca que unas tímidas lágrimas asomen en mis ojos enrojecidos. Es la hora de decir adiós definitivamente. Me acerco a uno de los revisores del tren para ofrecerle mi billete y, justo cuando voy a entrar en aquel trasto de metal, lo oigo y siento que mi determinación se rompe.
—¡Espera!
Con el corazón hinchado de una alegría que no debería sentir, me alejo del revisor y allí le veo: corriendo entre la gente, abriéndose paso a codazos y con mi carta entre las manos. No lleva chaqueta a pesar del frío que hace, pero no parece importarle. Tiene sus ojos fijos en mí y me suplica con la mirada que no me vaya, que me quede a su lado. Sus ojos me recuerdan todas las promesas que nos hemos hecho a lo largo de los años y hacen que mi maleta comience a pesar una verdadera tonelada.
—¡Por favor, espera!
Y en ese momento no me importa nada. Mi mente tira a la basura las razones que había recopilado cuidadosamente para poder enfrentarme a esa situación y me obliga a soltar la maleta para que mis piernas puedan correr más rápido.
Y, mientras nuestros pasos cada vez nos acercan más el uno al otro, le hago una mueca burlona al Destino, restregándole en la cara la verdad más absoluta de todas: nosotros podemos con todo.

"Nadie dijo que fuese a ser fácil" porque no lo es.



¿Para qué negarlo? Cuando leí la carta no me creí nada. Grité su nombre una y mil veces en el vacío oscuro de la casa, porque no podía haberse ido. No podía haberme dejado solo. Aquello carecía absolutamente de sentido. Y qué decir tiene, que saboreé una decepción descomunal cuando nadie respondió, cuando todo se quedó en silencio y mis lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas para llegar al amargo suelo. Un suelo que, por lo que parecía, ya sólo sería el soporte de uno.
Con la carta arrugada entre las manos, me apresuré para acercarme al interruptor de la luz para poder llegar a nuestra habitación sin chocarme con nada. Suficiente roto tenía el corazón ya, no quería romperme también una pierna.
Cuando abrí el armario, comprobé, dolorosamente, que sus cosas habían desaparecido, que el hueco en el que habían estado expuestas sus pajaritas ahora estaba desconsoladamente vacio, que las perchas en las que habían estado colgados sus pantalones de colores  pendían solas y oscilantes y que todas sus gafas de pasta se habían esfumado como el humo de un cigarro al salir por la ventana.

Nadie dijo que fuese a ser fácil.


No puedo evitar pensar mientras escribo esta carta con las últimas lágrimas que me quedan que no quiero despedirme. Es demasiado horrible pensar que mañana no veré tus ojos brillantes ni tu sonrisa impecable. Es demasiado horrible pensar que no estarás, que no estaré, que no estaremos. Ya no habrá un “nos”, tan sólo un simple y mortal vacío en el lado de la cama que te correspondía. Tú voz se habrá esfumado y tu olor se irá con ella. No puedo decir que vaya a echar de menos algo de ti, porque no puedo escoger sólo una parte. Se me rompe el corazón al imaginar cómo será el día de mañana y te juro que me quedaría, pero no sería lo correcto y tengo que pensar por los dos…
Siento que me falta el aire y tengo la sensación de que el alma se me ha hecho un nudo que aprieta demasiado. Sin embargo, nadie dijo que esto fuese a ser fácil. Perdóname.
Este es mi adiós.

Somebody That I Used To Know.


De vez en cuando pienso en cuando estábamos juntos 
y también en cuando decias que te sentías tan feliz que podrias morir 
me dije que tú eras la adecuada para mí 
pero me sentíá tan solo en tu compañía 
eso era amor y es un dolor que aún recuerdo 

Puedes volverte adicto a un cierto tipo de tristeza 
como resignándote al final 
siempre al final 
así que cuando nos dimos cuenta que no tendría sentido 
tú dijiste que podíamos seguir siendo amigos 
pero debo admitir que me alegré de que todo se hubiera terminado 

Pero no hacia falta que me aislaras 
hacer como si nunca hubiese sucedido 
y que no fuéramos nada 
y ya ni siquiera necesito tu amor 
pero me tratas como a un deconocido 
y eso es muy violento 

No tenías que caer tan bajo 
haz que tus amigos recojan tus pertenencias 
y luego cambia tu número 
supongo que ya no lo necesito 
ahora solo eres alguien a quien yo conocía 

De vez en cuando pienso en todas las veces que me la jugaste
pero siempre me hacías creer que era algo que había hecho yo 
y no quiero vivir de esa manera 
dándole importancia a cada palabra que dices 
dijiste que podiás olvidarme 
y que nunca te sorprendería enamorado de alguien 
aquien creías conocer 

Pero no hacía falta que me aislaras 
hacer como si nunca hubiese sucedido 
y que no fuéramos nada 
y ya ni siquiera necesito tu amor 
pero me tratas como a un desconocido 
y eso es muy violento 

No tenias que caer tan bajo 
haz que tus amigos recojan tus pertenencias 
y luego cambia tu número 
supongo que ya no lo necesito 



Deseo de besar.


—Mírame –le imploré, acercándome más a ella y haciendo que tuviese que pegar su espalda en la puerta.
Cuando me miró, sentí que mi corazón se saltaba un latido. Mis ojos se vieron incapaces de despegarse de sus labios y sentí cómo todo mi cuerpo se pegaba cada vez más al suyo, sin poder detenerse, en un avance frenético que buscaba la calidez de su contacto.
Suavemente, mi frente chocó con la suya, mis brazos la tomaron de la cintura y los suyos me agarraron del cuello, acercándome aún más a ella, si aquello resultaba posible.
Nuestros labios estaban a escasos centímetros, notaba cómo su corazón latía desbocado y cómo su respiración se mezclaba con la mía en un baile sensual que estaba haciendo que el vello de todo mi cuerpo se electrizase de emoción. Quería besarla, necesitaba besarla.
—Lo siento –dijo ella en un susurró.
—No lo sientas… quiéreme –le respondí rozando mi nariz con la suya.
Noté como sonreía al decir:
—Te quiero.
—Te amo –le respondí.

Tú.



Una vez me preguntaron cuál creía que era el movimiento más inocente de tú cuerpo. 
No respondí. 
Antes tenía que pensarlo bien. 
Sin embargo, aún, a día de hoy, no creo que ninguno de tus movimientos sea inocente. Todo lo que haces está astutamente preparado para evocar la locura, la lujuria, la perdición. Eres un conjunto de gestos que hace que un escalofrío relampagueante baje por mi espina dorsal, estremeciéndome de pies a cabeza.
Algunas dicen que deberías estar prohibido. Gracias al cielo, no es así y... eres todo mío.

Rítmicos golpes de cabeza.


Cansada de hacer el tonto y de esperar que ocurriese algo que, evidentemente, no iba a pasar, se levantó en intentó marcharse de su vida con lágrimas en los ojos y el corazón hecho un nudo que apretaba demasiado.
Pero ¿qué podía hacer? Había intentado lo imposible para llamar su atención. Para hacerle saber que estaba allí. Había agitado los brazos, había saltado, había gritado. No obstante, jamás hubo respuesta. Y cada vez que ocurría eso, ella se sentía como si le hubiesen abofeteado. Sentía la cara hinchada y roja, aunque jamás había habido violencia real. Y probablemente aquella sensación se debía a que había recibido tantos palos en el alma, que comenzaban a salir al exterior, incapaces de subsistir todos juntos en un cuerpo tan pequeño.
Es cierto, que no la ignoraba completamente. Antes habían sido inseparables y eso siempre queda… aunque sea una pequeñita parte que la otra persona desea olvidar. Sin embargo, su relación actual se basaba en las miradas furtivas que ella lanzaba, los mensajes contestados únicamente por obligación y las medias sonrisas que sólo aparecían si había gente delante. Ya sabéis, por las apariencias. No quiera Dios que los inseparables se despeguen a los ojos del mundo.
Es decir, que todo lo que habían sido, había sido reducido a una ínfima parte que pendía de los hilos que aún tenían en común. Porque nada se rompe de un día para otro. Y eso duele más que la ignorancia total, porque ella sabe que él está ahí porque su conciencia no estaría tranquila si se marchase. Por eso, muchas veces había pensado en alejarse del todo de él, para hacer un favor a ambos. Pero cuando creía que había tomado la decisión, como ahora, algo le devolvía la pequeña esperanza que guardaba y, sabiendo que se golpearía la cabeza otra vez contra la pared más próxima, se decía: “Una vez más… solo una”.

¿Cuándo aprendería?