Supongo que el destino...

Corre sin rumbo fijo, casi sin poder respirar el olor a pino que envuelve todo el parque, preguntándose qué hubiera pasado si le hubiese contado todo lo que sentía.
Si el valor no le hubiera fallado, le hubiese dicho que le quiere, que piensa en él sin proponérselo, que todos los días, al llegar a casa, cuando descubre que su olor se ha quedado incrustado en su ropa, sonríe como una idiota y comienza a fantasear como solo un niño puede hacerlo. Le hubiese dicho que su sonrisa es lo más dulce que ha visto y que sus ojos, de un castaño oscuro, son tan bonitos y tan cálidos que una mirada suya basta para tenerla eufórica todo el día.
Pero no pudo hacerlo. Las piernas le temblaban, sentía que el corazón iba a estallarle y justo cuando abrió la boca para hablar, sus cuerdas vocales se negaron a hacer ruido alguno y sus piernas, temblorosas aún, dieron media vuelta y se alejaron de él, desaprovechando una oportunidad genial para confesar.
Se sienta al pie de un árbol respirando agitadamente, la carrera la ha agotado. Se recuesta sobre el tronco y cierra los ojos, intentando calmar su respiración.
Inspira, expira, inspira, expira…
-¡Hey!
Es él.

Ha estado tan ocupada de perderlo de “su” vista que no se preocupó de que él la perdiera de vista a ella. Ahora la ha seguido y pedirá alguna explicación, algo que no puede darle sin temor a perder la cabeza.
Se plantea salir huyendo de nuevo, pero no tiene fuerzas.
-¿Estás bien?
Ya no hay escapatoria. Quiere decirle todo lo que siente, pero es muy largo y no quiere arriesgarse a que él se ría de ella. Piensa con todas sus fuerzas algo, una frase que resuma todas sus ideas y tan solo se le ocurre:
-Te quiero.
Una sonrisa, que al principio no supo catalogar, se extiende por su rostro. Sin ninguna prisa, él se sienta a su lado y entrelaza su mano con la suya. La expresión del rostro de ella no tiene precio, no se lo esperaba y el chico lo sabe.
-Supongo que el destino, o lo que sea, nos ha llevado hasta este punto. Cuando me pediste que viniera no tenía ni idea de para qué, pero fuese para lo que fuera, yo quería decirte exactamente eso: te quiero. Aunque eso tal vez sería quedarse un poco cortos. Hace ya mucho tiempo que intento decírtelo pero nunca he tenido el valor suficiente…
Ella posa un dedo de la mano que tiene libre sobre sus carnosos labios, haciéndole callar al instante. No hay necesidad de más palabras, sus sentimientos están bien claros en sus ojos castaños y su gran sonrisa no hace más que ayudar.
Se acerca lentamente a su rostro y le besa, poniendo en ese momento toda su felicidad, su amor y, sobre todo, sus sueños.

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